Recordando un clásico inolvidable

Charles Laughton, supo sacarle el máximo partido a la novela del mismo título escrita por Davis Grubb en 1953 (el libro obtuvo un gran reconocimiento a nivel literario), convirtiendo a La Noche del Cazador en una obra de culto, considerada como una de las mejores películas de la historia del cine. Laughton encargó el guión a James Agee, responsable de los guiones de La Reina de África y del excelente documental The Quiet One, demostrando su buen gusto a la hora de rodearse de grandes profesionales, pues el resultado no podía ser mejor. Pocas veces se han podido ver en una pantalla escenas tan memorables en un filme de menos de una hora y media (1h – 28min), y es que en el filme de Laughton no hay nada que sobre ni falte, todo encaja como si de un preciso mecanismo de relojería se tratase. La película situa la acción en 1930, en el oeste de Virginia (USA) a orillas del rio Ohio, arrancando con una escena dura y cruel, pero a la vez realista: la despedida de un padre ante sus hijos viendo como la policía viene a capturarle. Acusado de robo y asesinato, Ben Harper (Peter Graves) justo antes de ser atrapado, entrega el dinero del atraco a sus hijos John (Billy Chapin) y Pearl (Sally Jane Bruce), escondiéndolo en la muñeca de la pequeña. Cuando se encuentra en prisión y antes de ser ejecutado, entabla amistad con su compañero de celda, el reverendo Harry Powell (Robert Mitchum), un psicópata que se ampara en Dios para robar y asesinar sin ningún tipo de escrúpulo. Powell ha sido encarcelado 30 días por robar un vehiculo, un delito menor comparado con algunos de sus crímenes y no cesará en su empeño de sonsacar a su compañero de celda el paradero de los 10.000 dólares robados. Ben Harper es ajusticiado sin confesar donde se esconde el botín y cuando Powell sale de prisión, viajará hasta el hogar de los Harper para tratar de localizar el dinero escondido. Su capacidad para interpretar papeles de compasivo reverendo, bondadoso y temeroso de Dios, le llevará a casarse con la viuda de Ben Harper, Willa (Shelley Winters), ante la mirada atónita de sus hijos, quienes raramente aparecen al cuidado de su madre, más preocupada por satisfacer sus ansias como esposa y por purgarse personalmente, algo que Laughton destaca en el filme, convirtiendo a los niños en víctimas del sistema (discurso que puede aplicarse perfectamente a día de hoy).

La Noche del Cazador

John Harper, el hermano mayor, se convertirá en una especie de padre y madre a la vez, pues sin él, la pequeña Sally estaría totalmente perdida. Charles Laughton es especialmente realista a la hora de mostrar el nivel de crueldad al que pueden llegar los niños cuando los compañeros de clase de John y Sally cantan canciones y realizan pintadas alegóricas al ahorcamiento de su padre. Por no hablar de la actitud de algunos vecinos, que llegan a simpatizar con el reverendo Powell, colocando en una posición incómoda a los dos hermanos protagonistas. La aparición de la señora Cooper (magnífica Lilian Gish), cual ángel de la guarda de los niños, ayudará al desenlace positivo del filme, contando con la ayuda de la policía. Inolvidable el detalle final del filme, con la cámara aguantando la mirada  de Lilian Gish, cerrando la película de forma memorable.

La Noche del Cazador rinde un homenaje a los grandes cuentos clásicos, donde el mal está representado por un personaje vil y siniestro, en este caso el reverendo Powell y el bien por unos niños inocentes protegidos por una hada buena (la señora Cooper). La excepcional fotografía en blanco y negro de Stanley Cortez, colaborador también de Orson Welles en la obra maestra El Cuarto Mandamiento y la banda sonora de Walter Schumann, ayudan a crear una atmósfera opresiva y misteriosa, donde el mal acecha en cualquier rincón, amenazando la inocencia y la bondad de dos jóvenes huérfanos. Laughton bebe de las aguas del expresionismo alemán a la hora de mostrarnos escenas tan memorables como la aparición de la sombra de Robert Mitchum en la habitación de los niños, el cadáver bajo el agua en el coche visto desde una pequeña barca, la terrorífica silueta en el horizonte de Robert Mitchum entonando sus siniestros, cánticos que en el último tramo comparte con Lillian Gish, fusionándose el bien y el mal de una forma mística y terrorífica a la vez. Igual de impactantes resultan las escenas donde Mitchum nos enseña sus tatuajes en los nudillos, con las palabras “amor” y “odio” en letras mayúsculas.

La película está soberbiamente interpretada por Robert Mitchum, convirtiendo a su predicador en uno de los mejores personajes de su dilatada carrera. La película narra de forma magistral la histórica lucha entre el bien y el mal a través de los ojos de unos niños enfrentados al odio y a la visceralidad de un reverendo sin escrúpulos, mostrándonos de paso, situaciones reales de la vida cotidiana durante la gran depresión. No olvidemos que el filme arranca con un atraco en el que un padre quiere garantizar el futuro de sus hijos, harto de ver como muchos niños piden limosna en el interior de los Estados Unidos. Expresionista, desgarradora, impactante, psicológica, oscura…Faltarian adjetivos para definir con justicia la obra maestra de Charles Laughton, uno de los mejores actores de la historia del cine, capaz de convertir su única película como director en auténtico objeto de estudio para escuelas y facultades de cine a nivel internacional.

La crítica le encumbró y destacó la película como uno de los filmes mas inquietantes de la década, llegando (con el paso del tiemo) a estar considerada como una de las mejores películas de la historia del cine, una obra de culto llena de momentos memorables. No obstante, el público no compartió dicha opinión y castigó en cierto modo el filme, sea por su excesiva dureza visual o por el discurso excesivamente crítico contra una parte de la sociedad norteamericana. Según los escritos de la época, el público norteamericano no llegó a comprender el verdadero mensaje que Laughton quería mostrar, y solo con el paso del tiempo, el mundo pudo ser justo con uno de los mejores actores británicos de la historia del cine. En 1992 la película fue considerada como una obra “cultural, histórica y esteticamente relevante” por el gobierno de los Estados Unidos, pasando a formar parte de la Librería oficial del Congreso y preservada en el Nation Film Registry.

 

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