Los goznes de la pesada puerta inician un lamento amargo, un sonido imposible de olvidar, que se clava en los odios, en el alma. Fuera reina el silencio, un silencio que emociona, que impresiona. En Auschwitz, Mauthausen o en Dachau, los pájaros se han olvidado de trinar, o no se atreven. El lamento de la puerta, convertido en grito, termina cuando el enorme pestillo queda preso al final de su patético recorrido. La puerta está cerrada, no hay escapatoria posible. En los crematorios las puertas siguen resistiendo estoicamente el paso del tiempo. Unos ramos de flores y varias banderas ocupan el lugar donde antaño, cuerpos esqueléticos, destrozados, eran reducidos a cenizas en nombre de la solución final. Simplemente porque en este mundo, habían seres humanos que no merecían vivir, y enterrarlos era demasiado costoso. Había que reubicarlos en el aire, donde cabían todos. Eso era lo que decían algunos. A los prisioneros les robaron el alma al entrar, decían que el trabajo les haría libres, ignorando que la palabra libertad fue la primera víctima del holocausto.

 

Han pasado setenta años, y ahora la cámara de gas de Mauthausen ya no puede visitarse como antaño, poco a poco hay que preservar del turismo aquello que ha definido el mal en el ser humano.

 

Medio mundo vuelve a observar con respeto y tristeza lo que sucedió en gran parte de Europa hace setenta años, y digo vuelve a observar, porque parece que algunos solo se dan cuenta de lo que sucedió cada diez años, cuando los medios se vuelcan en cubrir los actos de conmemoración que se organizan a nivel internacional. Tamañas atrocidades siguen vivas en el recuerdo de muchos, sintiéndonos pequeños, muy pequeños, ante la barbarie. Una barbarie que sigue repitiéndose en muchas partes del planeta setenta años después.

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